Recordando que un día como hoy, hace 37 años, en 1.983, un terremoto destruyó la ciudad de Popayán, me vino a la memoria un texto que leí hace un tiempo escrito por Marlene Orozco, docente de artes de la Universidad del Cauca, que acertadamente decía que los Ingenieros Civiles andan por el mundo haciendo mucho más que calcular estructuras o diseñar vías. Andan mostrando que los sueños son realizables, que con la transformación del barro, y el fraguado del concreto se pueden tejer redes sostenibles de comunicación sobre abismos, se pueden vivir experiencias lúdicas, mágicas, estéticas, que si bien tienen un asiento medible, y calculable, terminan siendo un ejercicio espiritual, sanador, y reconfortante.

Esta parada obligatoria en nuestras actividades nos ha puesto a pensar un poco más allá de los números, presupuestos, plazos, licitaciones y demás cosas propias del ejercicio profesional.

Nos ha obligado a reflexionar sobre nuestro papel en la sociedad, sobre nuestras relaciones con el personal que trabaja físicamente en las obras, esos seres humanos que transforman el barro y fraguan el concreto, esos que transportan los insumos, que se asolean en las carreteras día tras día por un pago que apenas alcanza para sobrevivir, seres como nosotros que hoy tienen los mismos temores nuestros, a quienes la suerte nos ha permitido ganarnos la vida de una forma menos extenuante.

En este tiempo de aislamiento, sin desconocer que el ejercicio de la ingeniería en Colombia, ha sido siempre un acto de fe y de resistencia, tejamos redes de comunicación sobre esos abismos que nos separan de nuestros colaboradores, de nuestros vecinos, de nuestros seres queridos cercanos, de los más necesitados, vivamos la experiencia lúdica, espiritual y sanadora que genera la ayuda y la solidaridad.

Los ingenieros, y en general todos los colombianos de esta década tenemos dos oportunidades inmensas para contribuir a transformar la sociedad:

Fuimos testigos de la firma de un acuerdo de paz que puso fin a una guerra fratricida de más de 50 años que causó sangre, sudor, lagrimas, y  afectación al ejercicio de nuestra profesión, pero que nos permite ser parte vital del proceso de reconstrucción en busca de un desarrollo armónico que conlleve a la superación de las condiciones de inequidad y pobreza en la zonas deprimidas.

Y hoy vivimos en carne propia un hecho histórico que marcará el resto de nuestras vidas. La aparición de un mal que afectó la humanidad entera, paralizó nuestro país y nos lanzó en caída libre.

De este segundo evento, espero fervientemente que salgamos vivos pero no iguales.

Es la oportunidad de cambiar el rumbo de las cosas, de alterar favorablemente nuestra forma de pensar, de empezar a utilizar racionalmente los recursos naturales, es la oportunidad para que los gobernantes empiecen a poner en practica programas enfocados en disminuir la inequidad y la incertidumbre que carcome las bases de nuestra sociedad. Nada más doloroso que vivir sin esperanza.

Los ingenieros manifestamos nuestra disposición de poner lo mejor de nuestros conocimientos para contribuir a la segunda reconstrucción del País, y creemos que el cambio sustancial tiene comienzo con la transformación de las condiciones de vida de la población más vulnerable.

Tenemos tareas inmediatas por hacer.

Por lo pronto, colaboremos permaneciendo en casa. Todos podemos hacer algo, el que tiene poco da poco, el que tiene más, da más.

Solidaricémonos con nuestros trabajadores brindándoles apoyo alimenticio en esta época de crisis.

La Ingeniería no se rinde. Ha superado cosas peores.

Entendemos que la oportunidad de cambio es ahora, que el momento de la superación  es ahora y que debemos aportar lo mejor de nuestro conocimiento para seguir validando la definición de que el paso de los años nos ha enseñado:

“Transformación positiva de la naturaleza para el bienestar de la gente”

Neiva, Abril 1 de 2.020

 

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